“Zapatero no es Bambi, pero sí un político a la vieja usanza maquiavélica”


Se convirtió en el referente de la canción protesta de los años 70 sin quererlo. Hoy, a sus 58 años, decide que cuelga los trastos de cantar, y dice que ha preparado una canción de despedida. Pero que no se preocupen sus seguidores. No está enfermo. Sólo quiere reposar en sus dos reinos: una bodega en el Priorato y un barco anclado en Barcelona. Del 8 al 11 de noviembre actuará en Madrid por última vez.

Habla el bardo con la humildad que sea necesaria (sic): «Cantar es una canción de amor y el último acorde ha de ser hermoso». Hemos venido a ver a Lluís Llach porque dice que en unos días sabremos dónde escuchar esas notas de su piano, hermosas, últimas. Lo dirá en el concierto del día 1 de noviembre, en Girona, seguro. Y luego se irá, para siempre, a contemplar con deleite el último tramo de su vida, a mirar de frente cómo le viene el postrer acto o la muerte. «La vida es un espectáculo y la muerte, su momento álgido: yo quiero verla de frente». Llach no está enfermo, es sólo «un viejo joven» (mayo del 48, Verges, Gerona). «Ser viejo es un oficio bello y difícil. Estoy harto de esta persecución de todo lo que significa vejez».
Hemos venido a verle a Porrera, el pueblo y la memoria de su madre, comarca del Priorato, montañas labradas de viñedos, altas, afiladas las montañas contra el cielo, y cepas centenarias que dan los mejores caldos del mundo. Aquí llegó Llach hace apenas 15 años: los viejos cortaban la uva agachados, arrastrando sus nobles traseros ladera abajo, trepando arriba, y la vendían a 30 pesetas kilo. Se hacía el mosto más barato y rico del mundo, se exportaba a Francia. La vida y la pobreza transcurrían en silencio. El silencio hoy apenas roto por campanas repetidas y un altavoz que anuncia que mañana habrá pescado en el pueblo; la pobreza, en cambio, ha sido desterrada por iniciativa de Llach y otros de los suyos. Porrera, 500 habitantes y 14 bodegas; ni una casa de nueva construcción. Aquí se ha sentado a vivir el último espectáculo de su vida, a cultivar la amistad de jardín, lejos de aeropuertos, autopistas. Dos de sus vinos, Vall Llach y Embruix (2003), acaban de ser clasificados por Wine Spectator entre los 10 mejores del año. Pero él, ni cuenta quiere darse: su futuro es «vivir la vulgaridad de un ser humano corriente».
P. Ha contado que el máximo placer lo encuentra en la composición y la cura de sus males, en el escenario. ¿Piensa renunciar al placer y volverse un enfermo crónico?
R. Después de 40 años manteniendo una canción de amor con el público quiero que la canción acabe bien, con un acorde definido, limpio y hermoso. No quiero acabar a merced de la edad o una enfermedad, sino cuando yo lo decida, para no abaratar esa relación. Además, yo nunca he vivido para cantar, simplemente me ayuda a vivir. Estoy entrando en el último tercio de mi vida, soy aún un viejo joven, y quiero afrontar esta etapa con la energía suficiente para gestionarla desde la ilusión. La vejez me parece uno de los momentos más interesantes del ser humano, porque la capacidad de observación, síntesis y destilación de los acontecimientos vitales se hace desde la perspectiva de la experiencia. Estoy harto de esa especie de persecución del vocabulario y la semántica de todo lo que significa vejez.
P. Dice que cuando mira hacia el futuro no se ve cantando sino haciendo un oficio propio de viejos. ¿Ha encontrado ese oficio, está aquí entre las viñas?
R. No, no, en realidad no sé qué voy a hacer, aunque ahora vivo aquí no tengo nada planificado. Soy un improvisador. Lo de la viticultura me interesa como aventura humana, pero como oficio creo que no. El ser humano tiene derecho permanente al aprendizaje, y yo espero cosas nuevas. Por ejemplo, hace muchos años que no leo con pasión, porque no tengo tiempo; y quiero dedicarme a la observación de mi propio pasado, porque a mí me han sucedido cosas que considero privilegios extraños, y no he podido reflexionar, resumir o simplemente disfrutar de todos esos recuerdos. Quisiera que todo eso se convirtiera en un poso, y me parece que éste puede ser el momento oportuno.
P. ¿Escribirlo incluso?
R. Quizá. Dicen que quienes componemos y hacemos líricas nos parecemos de lejos, de muy lejos, a los poetas, pero que en realidad nuestro oficio es observar y destilar esta observación, produciendo incluso sensaciones que resumen sentimientos vitales. Bien, pues a mí me gustaría dedicarme a ello: observar y destilar; y si todo eso va a tener una forma final o no, pues realmente me importa un pito. Mi egolatría, mi necesidad de trascender la tengo totalmente satisfecha desde los 19 años en que me encontré cantando delante de miles de personas.
P. Esa especie de motivación social que ha estado detrás de toda su trayectoria, superviviente de la resistencia o la protesta, ¿también de esto se retira?
R. Me siento un cantante comprometido, esto que está tan demodé. La estética es un compromiso que sin ética no tiene sentido. La ética es una obligación moral. No tengo ni idea de lo que sucederá, pero de lo que sí estoy seguro es de que continuaré cuestionándome a mí mismo y al entorno, aunque no tendrá la trascendencia pública que ahora tiene. Entonces quizá lo añore, porque es algo hermoso, y quizá me dé la sensación de que nadie me escucha, a no ser que salga a dar gritos desde mi terraza. Pero en todo caso es otro reto hermoso para mí: ejercitar la humildad. Quiero vivir la vulgaridad de un ser humano corriente.
P. «La última gran canción debe ser un buen adiós». ¿Cuál es esa buena canción y cuándo podremos escucharla?
R. No puedo decir cuándo se escuchará, pero yo sí lo sé, lo tengo planificado desde hace cinco años. Lo voy a decir después del concierto del día 1 en Girona. Hasta entonces es un secreto. La canción es ésta que ha durado 40 años, mi relación con el público, que ha sido muy intensa y muy rara, con un nacimiento muy precipitado: doy mi primer concierto en el 67 y en el 68 ya hago mi primer Palau de la Música.
P. Había aprendido sus primeros acordes al mismo tiempo que las primeras letras, ¿cierto?
R. Sí, sí, mi madre se había formado como maestra en la Barcelona republicana y, aunque no era de izquierdas, le había quedado una inquietud por la cultura. Y nos la quiso transmitir a los dos hermanos.
P. Y dice que se hizo cantante sin querer, ¿por rebeldía?
R. No, por timidez, absoluta. Para mí la timidez ha sido una enfermedad crónica. A los 19 años no me atrevía ni a comprar tabaco en el estanco, no sé qué especie de mecanismo se me destapaba en el cerebro y me producía pánico. Yo cantaba mucho en casa y, entre tanto, un amigo me cuenta que hay un grupo de gente que se llama Els Setze Jutges que hacía música en un antro, La cova del drac, y allí fui, y al cabo de unos años me piden que forme parte de ellos, y ahí viene el drama, porque no quería salir al escenario. Me convencieron, y salí traumatizado, y me temblaba una pierna, y me cogí un vibrato en la voz que ni Serrat en sus mejores tiempos; un desastre, muy hermoso, que no sé cómo he superado.
P.¿No hubo ni un atisbo de rebeldía, contra su padre, al menos, que dice fue «nacionalfascista»?
R. Yo era un muchacho bastante repelente, acostumbrado a decir siempre que sí a la familia. Mi padre era médico rural en una época en la que se pagaba con especies, así que no se llegaba a fin de mes, y entonces yo entendía que si ellos me daban aquella posibilidad de estudiar no iba a ir con cara de gilipollas a decirles: quiero ser músico. No, yo tenía que ser abogado, ingeniero o algo que se correspondiera con el esfuerzo de mis padres. Y fíjate si esto era tan de verdad, que sólo asumo que soy cantante el día en que me lo prohíben, año 70, y tengo que decidir si me quedo aquí con el peligro policial y la prohibición de cantar y de ir a la universidad, o me voy a Francia a cantar. Ya había grabado dos o tres discos, pero hasta aquel momento, cuando me preguntaban qué hacía, decía que era estudiante de Económicas, Políticas y Sociales.
P. Lo acoge el París del exilio y las barricadas. Su primer concierto lo produce Jean Paul Sartre subido a un bidón repartiendo panfletos. Entonces se produce la mitificación de Lluís Llach. ¿Por qué se sorprende de ello cuando, cinco años más tarde, vuelve a España?
R. Porque no existe entonces ninguna lógica comercial.
P. Pero sí ideológica.
R. Sí, pero yo no la había vivido; pensaba que después de cinco años sin noticias mías la gente se habría olvidado. No imaginaba que mis conciertos se iban a convertir en un acontecimiento sociopolítico de primera magnitud. Se acababa el recital y decían, «ahora a manifestarse», y se montaban manifestaciones de 10.000 personas: una locura. Yo no militaba en ningún partido, pero el hecho de ser cantante y de mantener una coherencia con asuntos muy primarios como la libertad, el franquismo, el catalanismo, me convertía en referente no por mérito mío sino porque no había nada más.
P.¿Tuvo dudas sobre si aquello era mérito artístico o circunstancia política?, ¿dudaba de sí mismo?
R. Continuamente, de mi valía artística y ética. Sabía que no era mi música la que llevaba a miles y miles de personas detrás. Al mismo tiempo, cuando tenía que asumir este papel ético de, entre comillas, representación, me preguntaba continuamente: ¿pero realmente yo estoy preparado para todo esto? Y no quiero ser pedante, pero sé bastante música, he leído bastante poesía y he hecho 22 años de canto clásico, suficiente para ser consciente de mis limitaciones: ni soy un poeta ni un gran músico ni un gran cantante. Soy un buen cocinero de esos tres elementos, y no me saco ningún mérito como cantautor o llámalo como quieras, pero en su sitio: parece que lo que hago llega a la gente.
P. Así pues, dice que no ha habido nada normal en su vida, ni su profesión, ni su opción afectiva o sexual, ni su aspiración vital, ¿qué hay de anormal en todo ello?
R. Eso lo digo porque cuando me preguntan por mi inconformismo, contesto que es fruto de haber vivido siempre en la marginación. En mi sexualidad he sido marginal, en mi cultura, también, y además he vivido una época muy dura de marginación. Pero estoy contento de todo esto, porque si no, no me hubiese planteado algunas preguntas que han enriquecido mi visión de la vida. Quizás si no fuera homosexual nunca me habría preguntado qué le pasa a la mujer, y resulta que en los años 70 entendía muy bien la lucha feminista porque yo estaba en una situación similar, aunque no haga bandera de ello. Y lo de pertenecer a una minoría cultural está muy bien: estar en el terreno contrario es hermoso, yo he hecho de ello una especie de teoría del placer, un oficio, un aprendizaje fantástico.
P. En los años 80 se enfrentaba abiertamente a la izquierda triunfante, denuncia en los tribunales a Felipe González por haber mentido en su programa sobre la entrada en la OTAN. ¿La política le defraudó definitivamente?
R. A mí la política no me ha defraudado nunca, lo que me defrauda es mi opción política, la izquierda. Porque llega al poder y no tiene el coraje y la altura de miras para renovar el Estado. Si hubieran reconocido los derechos nacionales de los pueblos de España hoy tendríamos un proyecto de futuro, pero ni siquiera se atreve a desmontar la policía. Fueron cobardes y hoy estamos pagando las consecuencias. El señor González aún no se ha dado cuenta de que es uno de los políticos más nefastos que ha pasado por aquí, porque ha dejado a la izquierda española avergonzada y sin ningún instrumento de defensa para muchos años. Porque una izquierda que ha de dimitir y pierde las elecciones por nepotismo, terrorismo de Estado o malversación de fondos, es un espanto. Este señor fue el gran fracaso de la transición española, ni más ni menos. Es imposible concebir a Aznar sin imaginar antes a González.
P. Se embarca en una travesía solitaria y esa soledad, Llach, ¿es la que le hace sentirse tan raro, outsider, una vez más?
R. Sí, he sido un outsider. Soy nacionalista radical, antipujolista por izquierdoso y odiado por la izquierda oficiosa por ser nacionalista. En este país ser nacionalista y ser de izquierdas es exactamente lo mismo. Yo no soy nacionalista por banderas ni patrias, ni ejércitos ni identidades nacionales que me han jodido siempre, soy nacionalista porque quiero países libres para que los seres humanos sean libres, y no quiero ni un asomo de duda en esta libertad. Por tanto, estoy por la autodeterminación de los pueblos y que ejerzan su voluntad como les dé la gana. Y soy de izquierdas exactamente por lo mismo, porque creo que el ser humano necesita sociedades lo más libres posible para poder desarrollarse bajo los principios de igualdad, justicia, equidad, etcétera.
P.¿Ha hecho el tripartito de Maragall la «política cultural» que tanto echaba en falta?
R. Maragall es una de las pocas personas que tiene una idea clara de una España posible y feliz. Su proyecto de futuro, que era muy interesante porque nunca se ha ensayado, era una España federada, desde la diversidad, donde cada pueblo de España asume sus responsabilidades propias y se autogestiona en un proyecto común. Esto Maragall lo tenía clarísimo y por eso se lo han cargado, desde la derecha y desde una izquierda centralista representada por los bonos y los ibarras. Aunque haya muchos nacionalistas que no compartan su proyecto, yo sí lo comparto bastante; yo, que soy independentista antiaznar. En Cataluña estamos cansados, este último año y medio ha sido para nosotros un vía crucis que ha puesto de manifiesto que la Constitución española no puede garantizar que un pueblo democráticamente representado pueda llevar a término sus decisiones.
P.¿Qué espera ahora de la política de un Gobierno que con toda probabilidad dará un giro hacia la derecha en sus alianzas y compromisos?
R. No sé si eso es lo que va a suceder, de momento sólo es lo que quiere el PSOE, lo que necesita para gobernar tranquilo: un Gobierno en Cataluña que le permita el apoyo parlamentario de CiU. Pero estadísticamente parece que el tripartito tiene las mismas posibilidades que tenía. Ya veremos qué sucede, porque el PSC es un partido muy complejo, con una fuerza centrífuga muy independiente de Madrid.
P.¿No resulta paradójico que el partido, a la vez que defenestra a Maragall, también se deshaga de sus detractores, Ibarra, Bono y Vázquez?
R. No, no, no, es que lo de Bambi a mí que me lo expliquen, porque no diré que es un sádico [Zapatero], pero sí un político a la vieja usanza maquiavélica.
P. Llach, vivió durante años en el barrio Gótico, próximo al palacio de la Generalitat, y ahora se divide entre el Priorato y un barco que tiene amarrado en un puerto de Barcelona. Dígame para terminar, ¿es su forma peculiar de luchar contra la especulación del suelo?
R. No, ojalá fuera eso. Cuando hice la bodega me medio arruiné, porque cantando en catalán se vive bastante bien, pero no lo suficiente para gastar tanto dinero. Entonces vendí mi piso en Barcelona, y cuando me recuperé un poco pensé que como voy tan poco allí, y como soy un loco de la mar, antes me compraba un barco que otro piso. Y así soy feliz: ésta es mi tierra y el mar, mi casa.

Font: Magazine El Mundo


































 Copyright © 2002, www.lluisllach.com - Avis Legal